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Tuesday, October 20, 2009

La Vellonera de Berto



No recuerdo exactamente el momento en que la idea quedó develada en mi cabeza. Tengo la sensación de que fue llegando de a poquito, alimentándose con cada vieja melodía que me sorprendía, con cada foto Polaroid, ya algo descolorida, con cada recuerdo de la época…hasta que su fuerza me trajo una de esas sonrisas que nos juran y nos perjuran que hay genialidad en el embeleco.

Me entregué de lleno al prometedor proyecto. Empecé por escarbar en la memoria las canciones que, desde aquella máquina, noche tras noche, durante la joven década del 70, comunicaban las dichas y desdichas de la gente de aquel barrio.

“El Arcoiris” era una tienda que mi padre compró, aledaña al pueblo, donde armonizaban exquisitamente el dómino y el fiao, la cerveza y el flan, el arroz y el cigarrillo. Donde la broma constante e ingeniosa se paseaba como Tembandumba de la Quimbamba. Era una tiendita de esquina, con cielo propio, de estrellas con grandes alas y murciélagos fugaces. Era un rincón del trueque nuestro de cada día, donde los encuentros y desencuentros nos dejaron muchas cosas para recordar hoy.

Entraban y salían de allí personajes atribulados, como el veterano cargado de imágenes de guerra. O cómicos, como el celador que trabajaba encaramado en los postes y un día, desde allá arriba, vio una señora y le gritó: “Qué mujer tan guapa y yo con aquellla estufa que tengo en casa”. Se le evaporó toda la sangre del cuerpo al darse cuenta de que “la guapa” no era otra que su mujer, acabada de salir del “beauty”.

Y allí en una esquina del “negocio”, justo al lado a la cuesta, la Reina que rara vez guardaba silencio, la seductora caja de luz neón a la que nadie podía resistirse, y suavemente recostarse sobre ella, y echar la moneda, y mirar los brazos mecánicos moverse...y escucharla, en silencio..."Sufrir, me tocó a mí en esta vida... llorar es mi destino hasta el morir..."

Todos, de alguna manera, se sentían ligados a aquella vellonera. Ya fuese porque había algún tema favorito que solían escuchar a cambio de su monedita, o porque alguien, insistentemente, le confesaba a través de aquellas bocinas estridentes lo que no se atrevía a decirle con su propia boca. "Mi voz se quiebra cuando te llamo, y tu nombre se vuelve hiedra, que me abraza y entre sus ramas, ella esconde su tristeza".

La vellonera se desgarraba con la inminencia de una partida: "Mañana me iré, amor mío, que triste estaré, te digo..." Se hacía cómplice de alguna confesión demasiado secreta: "Ese con quien sueña su hija, ese ladrón que os desvalija, de su amor soy yo, Señora". Vibraba con una osada promesa: "Dame todos tus sueños, dueño de tu amor quiero ser. Dame, de tu ayer las heridas. Vida, junto a mí has de tener". Contaba la angustia del rompimiento: “Que triste fue decirnos adiós, cuando nos adorábamos más” Sus luces rivalizaban con el fulgor de una mirada de despecho: "Llorarás, cuando te acuerdes de mí. Sufrirás cuando intentes ser feliz”.

Se fueron esos años. Otros personajes y otras canciones fueron ocupando los días. Pero de alguna manera la idea de juntar algunas de las canciones de la Vellonera de Berto se fue esculpiendo en mi mente por el metódico y artístico cincel de la nostalgia, hasta que por fin llegó el momento de que se develara la obra. Es un CD que escucho con frecuencia. Es que la nostalgia es una talentosa escultora.



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